De sueños y promesas

ESPN

"Voltéate Pablo" era el grito que se escuchaba en repetidas ocasiones acompañado de carcajadas entre varios jugadores durante los entrenamientos del legendario Guadalajara que disfrutaban ver cómo el "Pablotas" González tardaba en dar la vuelta cada que iba a recibir una pelota de espaldas y por su corpulento físico demoraba en girar. Esa y muchas otras anécdotas me contó mi abuelo quien tuvo que abandonar las filas del equipo que a la postre se convertiría en el "Campeonísimo" por la falta de dinero y la necesidad de mantener a su creciente familia.

Dejó, ni más ni menos, que al conjunto de mayor historia en el futbol mexicano para trabajar en una compañía de llantas que le pagaba mucho más de lo que percibía como futbolista del "chiverío".

Cada que veía, leía o se enteraba de los éxitos del "Campeonísimo", José Remus no podía ocultar la sensación de haberse sabido parte de ese equipo al cual tuvo que abandonar para cumplir con sus funciones de esposo y padre en situaciones económicas que le impedían hacer lo que más disfrutaba, jugar a la pelota.

Poco antes de morir, le prometí a mi abuelo que algún día yo sería futbolista profesional y posteriormente comentarista deportivo con lo que él estaría desde el cielo, feliz de ver su sueño realizado en mí.

Sin temor a equivocarme puedo decir que no ha existido un jugador más comprometido a la profesión que un servidor. De los 12 a los 18 años era más profesional que cualquier jugador de selección. Buena alimentación, buen descanso, máxima exigencia y cero distracciones o vicios. Lo tenía casi todo para triunfar excepto una dosis de eso que no se vende en tiendas deportivas ni tampoco en el Costco; técnica depurada.

Mi pasión y mi dedicación buscaban suplir carencias futbolísticas. No sólo quería ser profesional para cumplir un sueño, debía cumplir una promesa. Pero como la pelota no se mancha, el fútbol me dio las gracias justo a tiempo para desarrollar mi verdadera vocación.

De chico mi abuelo me enseñó que los domingos era religión empezar viendo a sus Chivas al medio día seguido del resto de la cartelera futbolera y concluyendo con el análisis de la jornada en su programa favorito.

Como buen aprendiz, yo tenía la costumbre de ver un programa de mucha acción, pero fue él quien me enseñó que el fútbol no se ve, se analiza. Los mejores partidos se ven sólo, en silencio, no con el griterío de “aficionados”.

Bajo esa línea aprendí viendo tardes y noches a José Ramón Fernández rodeado de analistas que buscaban arrinconarlo hacia un perdón del América. Conocí personalmente a José Ramón a mis 28 años pero aprendí de él desde los seis.

A mediados del 2013 hice mi primer casting en ESPN y mis ganas por entrar a trabajar eran tan grandes que hubiese entrado al día siguiente, pero las cosas que toman su tiempo son las que valen la pena esperar y más cuando te dicen: “Quédate tranquilo que estoy seguro un día terminará trabajando en el líder mundial.”

Diciembre de 2014 marcó mi vida para siempre. Nació mi hija y con ella la alegría más grande de mi existencia. Un hijo es la bendición más grande que Dios nos puede dar pero el Todo Poderoso haría válida aquella frase que dice “trae torta bajo el brazo”.

Aquella promesa que recibí tiempo atrás se cumplió. Tres días después de haber nacido mi hija sonó mi celular con la llamada más feliz que he recibido. ESPN me quería y me quería ya. El mundo y el deporte están llenos de sueños y promesas y cuando anhelas algo con todo el corazón, la realidad termina por sorprenderte.

El 16 de febrero de 2015 hice mi debut en Sportscenter. Ahora trabajo en lo que más disfruto y en el lugar dónde siempre anhelé estar. Tras un año en ESPN afirmo con una sonrisa en el corazón que la realidad ha superado aquel poderoso sueño que me llevó a donde estoy hoy en día y puedo estar seguro que desde el cielo mi abuelo sonríe al ver que nuestro sueño se hizo realidad.