OPINIÓN: Cartas desde Barcelona
BARCELONA -- Tomen un papel, cuadriculado para mayor comodidad, y escriban en él el nombre de los 20 clubs de Primera División de LaLiga, ordenados por la clasificación con sus puntos actuales. A su lado tracen diez columnas verticales que corresponderán a las diez jornadas que faltan para acabar la temporada y con un calendario al lado con los partidos de esas diez fechas aventuren el ganador, o el empate, de cada uno para ir completando ‘su clasificación final’.
Cuando hayan acabado el ejercicio pueden, sin duda, celebrarlo porque, seguro, según sea su equipo habrá ganado la Liga, se habrá clasificado para la Champions, entrará en la Europa League o se habrá salvado del descenso. Ya pueden ser del Real Madrid o del Huesca, el milagro está ahí, en esa hoja de papel. No falla.
Ahora pensémoslo con lógica. El ejercicio es inútil, ¿verdad? Tanto como que este era un juego que en la prehistoria del pasado siglo solíamos hacer en la escuela, entre clase y clase, para ‘aspirar’ a que el Barça fuera capaz en una milagrosa recta final de Liga atrapar al Real Madrid. Estudiábamos con un interés que ya habría querido el profesor de matemáticas y cálculo los últimos resultados del siguiente rival del Madrid y, también, los que había cosechado contra esos equipos en las temporadas anteriores. Nada podía salir mal.
Si el Madrid jugaba en Zaragoza y allí había ganado tres años seguidos… Ya le tocaba perder. Si el Zaragoza llegaba con una racha de cuatro derrotas… Ya le tocaba ganar. Era ideal. Y para nuestro Barça, claro, lo contrario. “Nos dejaremos como mucho un par de empates” nos repetíamos, convencidos que el equipo que entrenaba Michels, con Cruyff a la cabeza, iba a meter la directa y a destrozar toda la lógica.
Guardábamos ese papel-apuesta dentro de cualquier libro aburrido de Geografía o Lenguaje y nos citábamos para el lunes siguiente comprobar que nuestra apuesta había salido bien. Daba igual errar el resultado del Burgos-Salamanca de turno porque lo interesante estaba en ver si el Madrid, efectivamente, había fallado en Zaragoza y el Barça ganado en Gijón… Y se nos quedaba cara de tontos porque no solo había ganado el Madrid, sino que, más aún, el Barça había empatado y gracias.
Así que había que volver a empezar el ejercicio, con otra hoja, con menos columnas y puntos distintos. Y volver a ello, convirtiendo la remontada, partido a partido, en milagro. Y el milagro nunca, nunca, sucedía. Ni en 1973, ni en 1976 ni en 1978 ni... Siempre había ese árbitro, me decía mi padre, que le daba el empujoncito al Madrid o ese Castellón que nos metía 4 goles. O ese Burgos o ese Salamanca que se entregaban al Madrid pero jugaban con el cuchillo entre los dientes contra el Barça. Siempre.
Pero cada año, por estas fechas, ganábamos la Liga en nuestro papel mágico y éramos los más felices del universo. Por suerte no existía twitter o facebook para compartir esa apuesta con el mundo y provocar no ya la burla del hincha rival, sino un auténtico torrente de reacciones que nos dejarían, como poco, como unos ignorantes del fútbol.
Porque… Somos unos ignorantes. ¿Verdad?
Por cierto, si por una casualidad son del Barça ni se les ocurra hoy jugar a ese juego. No llamen al mal tiempo…
