Manu Ginóbili, el argentino que sedujo a la NBA y Latinoamérica

Avanza por la izquierda con balón dominado. La juventud plena, la figura estilizada, las piernas que vuelven a ser elástico. En sus ojos se esconde mucho más que un objetivo: es el cazador furtivo que detecta la presa. Hambre en continuado a punto de ser saciada. Allí va Ginóbili una vez más.

Hay algo extraño en ese muchacho, parece no comprender lo que se juega en estos primeros minutos. Emanuel, que todavía no es Manu, acelera y se sumerge en tierra de gigantes contra todo y contra todos, dispuesto a quebrar el escepticismo de los que dicen que pudo antes pero que ahora no podrá.

Gregg Popovich lo sigue desde el banco. Tim Duncan observa desde la llave. Ginóbili destruye las cadenas del deber ser y empieza así a construir su libreto imposible: es la libertad guiando al pueblo. El talento y la perseverancia abrazados en un jugador único: brinca desde el vértice de la llave, recibe un golpe en el camino pero alcanza a enterrar el balón con su mano izquierda.

"OH MY, GINÓBILI! The italian guy is here!", se confunde el relator, que aún no sabe quien es exactamente ese jovencito drafteado con el pick 57 del Draft de 1998. Lo corrige el comentarista de turno: "He is from Argentina. He won the MVP award with Benetton Treviso in Italy last season".

Tiene solo 26 años. Toda la vida por delante. Emanuel se levanta del piso, se quita el polvillo del uniforme blanco, y viaja a la línea de libres. Lo extraordinario, lo surrealista, parece no tener efecto en él. Lo entiende como natural. Ajeno a los flashes desmedidos, su expresión corporal es absurda: no se inmuta. No dice nada, no se sorprende; los sorprendidos somos nosotros. ¿Hizo eso? ¿En la NBA?

Recién pasaron algunos minutos y por supuesto aún desconoce lo que vendrá: no se le cruza por la cabeza que será artífice de la primera eliminación de un Dream Team, que ganará un oro olímpico, que tendrá cuatro anillos NBA, que jugará 16 temporadas en el mejor básquetbol del mundo, que será All-Star, que los San Antonio Spurs retirarán su camiseta y que será a partir de este sábado miembro ilustre del Salón de la Fama. Ginóbili aún no sabe, en definitiva, lo que todos hoy sabemos: que es el mejor jugador latinoamericano de todos los tiempos.

¿Qué significaba la NBA al momento que Manu arribó? Sin dudas, una incógnita mayúscula. Para ese entonces, el básquetbol latino había tenido en el panameño Rolando Blackman a su mejor jugador, aún se hablaba del venezolano Carl Herrera y en los albores del 2000 ya había otros dos protagonistas de la Generación Dorada argentina que habían visto acción: Pepe Sánchez y Rubén Wolkowyski. El brasileño Oscar Schmidt, leyenda del básquetbol sudamericano y uno de los mejores de la historia, había declinado tiempo atrás su arribo a los New Jersey Nets.

La llegada de Manu fue una brisa de aire fresco: se encargó de arrastrar los límites a terrenos insospechados, de reconfigurar escenarios y reescribir libretos. Empezó como un potrillo salvaje, capaz de volar por los aires y lanzar con eficiencia, y evolucionó en un pasador elite en el mundo NBA. Uno de los pocos talentos capaces de cambiar el chip NBA por FIBA con un chasquido de dedos y de mutar de escolta tirador a armador elite.

Ginóbili fue, además, uno de los caballeros del juego más fantásticos de que dio el básquetbol en su historia. Su profesionalismo extremo dentro y fuera de la cancha le permitió jugar hasta los 41 años de edad a un nivel altísimo. Fue, quizás, el mejor sexto hombre de todos los tiempos, siendo revulsivo en sus primeros años y, con el paso del tiempo y algunas dosis de Grandpa Juice, un atleta formidable que trajo mesura y templanza a los equipos en los que participó. Manu fue el sueño de muchos en cada noche de NBA.

En Argentina, logró seducir a millones de fanáticos a acercarse al básquetbol para seguir la estela de su talento. No importaba saber demasiado, solo alcanzaba con saber que jugaba Ginóbili. Y punto. Eso era suficiente. Alineó a distintas generaciones en función de una idea y fue modelo a seguir por años. Hermanó al país con la ciudad de San Antonio y Texas se convirtió en ruta obligada para cualquier fanático amante de los piques, los gajos y las redes. Lo que era una pequeña hendija, Ginóbili la convirtió en un portal para los jugadores sudamericanos.

En Argentina en particular, llegaron, detrás de su talento, Luis Scola, Andrés Nocioni, Carlos Delfino, Walter Herrmann, Fabricio Oberto y Pablo Prigioni en una primera instancia, y en el epílogo de su carrera se sumaron Nicolás Brussino, Patricio Garino y Nicolás Laprovíttola.

Detrás de Manu, aparecen los célebres nombres de José Juan Barea, Karl-Anthony Towns, Al Horford, Nené Hilario y Leandrinho Barbosa, entre otros latinos de carrera notable. Pero nadie ganó tanto ni fue tan importante como Emanuel para San Antonio.

Incluso es acertado colocar su nombre entre los mejores extranjeros de la historia: quitemos a aquellos nacionalizados que representaron al Team USA, ¿acaso existe algún otro talento no-estadounidense que haya ganado tanto como Ginóbili? Cuatro trofeos Larry O'Brien siendo protagonista, Euroliga siendo MVP, oro olímpico, subcampeonato mundial. Emblema de la Generación Dorada, mentor de innumerable cantidad de jugadores, parte crucial de uno de los mejores Big Three de la historia junto a Tony Parker y Tim Duncan, creador del Euro-Step, competitivo hasta el final de sus días como jugador.

A diferencia de otras estrellas, Manu fue como los buenos vinos: mejoró con el correr del tiempo hasta alcanzar la plenitud de sus artes. Lideró con el ejemplo y fue el símbolo perfecto del básquetbol de equipo. "Nadie es mejor que todos juntos", supo decir el célebre Alfredo Di Stéfano, y Ginóbili honró esa máxima siempre, siendo uno más del grupo que sea, donde fuere, tanto cuando tuvo un papel protagónico o secundario.

El éxito del momento suele confundir a una gran mayoría. Parecería ser que muchos pueden igualar o superar lo que hizo Manu en una cancha de básquetbol. Sin embargo, trascender es un acto divino que sin dudas no es para todos: es para elegidos. Y Manu, en el básquetbol, lo fue con un éxito rotundo que fue casi utópico de anticipar en sus inicios. No solo cambió el presente del básquetbol en el continente sino que construyó un mundo nuevo. Su propio Mundo-Manu, y en esas leyes desconocidas para el habla hispana, invitó a sus seguidores a creer que todo era posible.

Todas las noches con Ginóbili fueron la primera, un sueño en continuado de tener una estrella que verdaderamente podía transformar las cosas a su favor. Ginóbili nos enseñó que se juega siempre para ganar y que los imposibles solo llevan más tiempo. Nos hizo sonreír como nadie con un poder secreto: podía hacernos felices con solo picar una pelota de básquetbol. ¿Podemos acaso pedirle algo más a los dioses del juego?

Cierro los ojos y estoy allí de nuevo. Tengo 13 años, estoy en Bahiense del Norte sentado en la tribuna viendo el partido de los más grandes. Estoy haciendo tiempo con mis amigos de Olimpo para jugar con mi categoría. Un jovencito escuálido, ni tan alto ni tan bajo, roba un balón en mitad de cancha. Trastabilla, está a punto de caerse, pero mantiene el equilibrio. Hace un dribbling primero con mano derecha, luego con izquierda, ataca al último rival que busca extraerle falta ofensiva pero es un esfuerzo estéril: solo alcanza a ver, como nosotros en la tribuna, el salto inusual, el despegue de las zapatillas y el dorso con el número 5 de la camiseta de Bahiense. El joven brinca con una elegancia absurda para la edad. Parece que va a ser una bandeja, pero no... la vuelca. ¡Salta y la vuelca! Abro los ojos en un gesto de asombro elocuente, me pongo de pie, me tomo la cabeza, giro y pregunto: ¿Cómo hizo eso? ¿Quién es ese chico? "Es el más chico de los Ginóbili. Dicen que tiene futuro".