Katie Taylor y el estruendo de una despedida inolvidable

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Dominio absoluto de Katie Taylor en su adiós en el boxeo (1:09)

En Croke Park, una nación le devolvió con 83,000 voces el amor que su campeona le entregó durante 25 años.


DUBLÍN -- El sonido, esa consecuencia tan familiar del deporte, volvió a vivir una noche de esplendor el sábado. Retumbó en el viejo Croke Park con tanta fuerza que parecía capaz de levantar las olas al otro extremo de Irlanda, en la bahía de Galway. Fue un recordatorio de que nada iguala al deporte cuando se trata de producir esos sonidos que erizan los vellos de la nuca.

Más de 83,000 personas acudieron para homenajear a una atleta —una boxeadora, algo que alguna vez habría parecido inconcebible— por quien su cariño había crecido durante los últimos 25 años hasta alcanzar una dimensión inmensa. La antesala de la última pelea de la reconocida carrera de Katie Taylor fue tan prolongada, ruidosa y ceremonial que resultaba difícil imaginar que cualquier ser humano pudiera concentrarse después en alguna tarea. Las coronaciones pueden ser agotadoras y la caminata de Taylor hacia el ring para su último combate pareció más un medio maratón. Pero Taylor, acostumbrada desde hace mucho tiempo a convivir con la presión, mantuvo la cabeza fría mientras otros perdían la suya. Se impuso por decisión unánime tras 10 asaltos a Flora Pili, la francesa que estaba invicta y a quien Taylor describió como “una rival muy incómoda”.

“Me tiemblan las piernas [en las horas previas a la pelea] y no puedo dormir [durante la semana], pero cualquier boxeador del mundo quiere estar en esta posición”, dijo Taylor horas después del final. “Eso era lo que me repetía en el vestidor cuando aparecían los nervios: es un privilegio absoluto estar en esta posición”.

Ese privilegio y su capacidad para manejarlo mostraron lo lejos que había llegado desde sus días como una niña tímida en la localidad costera de Bray, que parecía “cobrar vida”, según sus propias palabras, únicamente dentro del ring. Taylor se retiró a los 40 años, con deseos de llevar una vida más “espontánea” y con un oro olímpico conquistado en 2012, una carrera profesional de 10 años que terminó con marca de 26-1, la condición de campeona indiscutible del peso superligero, méritos para ser considerada la mejor boxeadora de todos los tiempos y un sábado en Dublín diferente a cualquier otro vivido allí o en cualquier parte.

“No creo que exista otro país en el mundo capaz de vender 80,000 entradas para ver a una atleta”, dijo después de la medianoche. “Estoy convencida de que Irlanda es el único país que podría hacerlo”.

La capital irlandesa pasó gradualmente durante la tarde a un estado de efervescencia total, y no solo en el sentido de los pubs. Banderas y carteles en honor a Taylor colgaban de las ventanas de las viviendas. Los vendedores ofrecían gorras, camisetas, bufandas y todavía más bufandas. En una zona comercial peatonal del centro era posible cruzarse primero con una niña que vestía una camiseta de Katie Taylor y, cinco pasos después, con un hombre de aspecto curtido que llevaba una gorra con su nombre. Las filas se extendían por las calles alrededor del estadio de 135 años de antigüedad, anticipando un público variado en edades, regiones e intereses. Cerca del canal, un padre que acompañaba a sus dos hijas se detuvo para tomarse una fotografía.

El clima se comportó con nubes tranquilas que disiparon el temor generalizado a un aguacero, y la pelea estelar se disputó al aire libre con una temperatura de 61 grados Fahrenheit (16 grados Celsius). Fue la primera velada de boxeo en Croke Park desde que Muhammad Ali derrotó a Alvin “Blue” Lewis ante 18,725 espectadores en julio de 1972. El viejo recinto lucía un aspecto inusual después de una transformación que colocó un ring en el centro del campo, rodeado por asientos privilegiados. Parecía una maravilla arquitectónica y gladiatoria. Todo resultaba tan elaborado y alegre que daba vértigo pensar en una posible decepción.

La sola concepción del evento de siete horas, bajo el lema “Once Upon a Time” y rodeado de comparaciones con un cuento de hadas, generó una presión singular: una derrota habría apagado la noche, aunque no necesariamente la adoración. El espectáculo también incluyó elementos capaces de añadir todavía más presión, con una sucesión de videos entre las peleas en los que estrellas y personalidades irlandesas felicitaban a Taylor y le deseaban suerte. En uno aparecieron los músicos Dermot Kennedy, Mary Black, Ed Sheeran, Niall Horan y Bono. Horan elogió los logros de Taylor y le dijo: “Y nos llevaste contigo”. En otro participaron los golfistas Rory McIlroy y Padraig Harrington, el boxeador Tyson Fury y los futbolistas Katie McCabe y Troy Parrott. Otros videos mostraron a Taylor en el vestidor mientras le vendaban las manos y practicaba movimientos defensivos con su entrenador Ross Enamait, provocando una nueva explosión de ruido entre el público.

La multitud siguió creciendo y cantando durante horas, en un país donde la gente siempre parece conocer las letras: “The Auld Triangle”, “The Green and Red of Mayo”, “Oro Se do Bheatha ’Bhaile”, “Put ’Em Under Pressure” —la canción de Irlanda para el Mundial de 1990—, “The Galway Shawl”, “Dirty Old Town”, de The Pogues, y “Killeagh”. Todo parecía un festival o una celebración, salvo por la extraña escena ocurrida en la pelea de peso pesado previa a la de Taylor. El inglés Dave Allen golpeó al irlandés Thomas Carty en un costado de la cabeza a los 82 segundos y Carty cayó de cara entre las cuerdas, golpeó el borde de la plataforma y terminó en el suelo. El árbitro declaró el combate sin decisión.

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6:10
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Después hubo algo de confusión y un largo periodo de espera, pero canciones como “Wonderwall”, “Livin’ on a Prayer” y “Zombie” llenaron el vacío, además de una emotiva interpretación de “Grace”, de Frank y Sean O’Meara, con su letra sobre una dolorosa despedida. Los aficionados cantaron el himno nacional, “Amhrán na bhFiann” o “The Soldier’s Song”, con una fuerza extraordinaria. Cerca de las 10 de la noche comenzó a sonar “All Hail King Jesus” y Taylor inició su caminata hacia el ring por un recorrido más largo y sinuoso que el de los demás boxeadores. Partió desde una esquina del estadio, tomó un giro a la izquierda y avanzó entre tantos rugidos y escalofríos que parecía que necesitaría una siesta en lugar de disputar 10 asaltos. Sin embargo, aseguró: “Sí, mi mente estuvo concentrada en la pelea todo el tiempo, incluso durante la caminata hacia el ring”. Disfrutaba la idea de tener “una rival de carne y hueso enfrente, una rival invicta enfrente”.

La pelea resultó algo deslucida y por momentos el público bajó el volumen debido a la preocupación. Incluso los cánticos de “Katie, Katie” se hicieron más tenues. Pero Taylor terminó los últimos 10 segundos con una feroz combinación de golpes contra Pili, acorralada en las cuerdas.

“¿Disfrutaste eso?”, le preguntó después al periodista que mencionó aquella ráfaga, en uno de sus escasos momentos de picardía, aunque ni siquiera fue realmente atrevida.

Sonó la última campana de una carrera marcada por 25 años de campanazos. Taylor y Pili se abrazaron, y luego Taylor abrazó a todos los que tenía cerca, bastante segura de que el veredicto estaría a su favor. Entonces hizo algo poco habitual.

La boxeadora que durante tanto tiempo había mostrado poco interés por los micrófonos tomó el que sostenía el entrevistador sobre el ring y dijo: “Déjenme mirar alrededor por un segundo”. Contempló las gradas y a las miles de personas que habían acudido para demostrarle cuánto significaba para ellas por sus victorias, su humildad y el aprecio que ella también les había mostrado.

Horas después le preguntaron cómo podía explicar toda aquella adoración. Taylor buscó posibles razones relacionadas con sus orígenes modestos y sus grandes sueños, pero finalmente respondió: “Para ser honesta, no sé cómo contestar esa pregunta”.