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Tirar la toalla, la gran cuestión en el boxeo

Tirar la toalla: el auténtico acto de rendición en el boxeo. Getty Images

“Señores: en esta pelea les prohíbo terminantemente tirar la toalla”.

Se produjo un largo silencio. Estaban reunidos en la habitación del boxeador: el técnico, el médico, el curaheridas y algún allegado. Incómodo silencio.

El que había dado la orden perentoria era Jorge Rodrigo “La Hiena” Barrios. Dentro de unas horas, ese 9 de agosto de 2003 en el Miami Arena de Miami, iba a estar encerrado en el ring con el campeón mundial WBO de los súper plumas, el brasileño Acelino “Popó” Freitas.

Efectivamente, no se tiró la toalla: bañado en su propia sangre, groggy, conmocionado, Barrios logró derribar a su rival en los rounds octavo y decimoprimero. Y emparejó la pelea en las tarjetas, a pesar de haber caído en el décimo primer asalto: justo con esa campana Freitas conectó cuando ya estaban sobre el último round.

Freitas, que había caído y logrado escupir su protector bucal para ganar tiempo, se fue a su esquina sintiendo que estaba cerca de ganar por nocaut.

Barrios, sangrando de un oído, con la boca lastimada y cortes en las cejas, llegó tambaleante sin poder reponerse de ese último golpe.

“La Hiena” perdió por nocaut técnico en el último asalto en una pelea dramática, cuando el referí Jorge Alonso detuvo las acciones ante el estado del argentino en la que dejó jirones de vida.

El boxeo tiene esa faceta: la crueldad del que, castigado, no quiere abandonar y en muchos casos, la crueldad de un rincón que, esperando un milagro, no quiere tener la piedad de arrojar la toalla.

A veces es el boxeador el que manifiesta que no quiere ni puede más, como ocurrió con Paul Fuji con los ojos lacerados y cerrados, ante Nicolino Locche.

Su gesto le valió una lluvia de almohadones del público (fue en el Kuramae Sumo de Tokio, 12 de diciembre de 1968) que no aceptó esa rendición en el décimo asalto, que le costó el campeonato mundial welter junior.

Fuji había elegido el camino correcto: terminar con tanto suplicio. Pero el público, en cambio, no lo perdonó.

En una novela de Vicente Blasco Ibáñez, “Sangre y arena”, que cuenta la vida de un torero, termina la termina la historia con esta frase refiriéndose al público:

“Rugía la fiera. La verdadera, la única”.

Podría aplicarse al boxeo.

A veces se puede esperar un milagro, como el de Jorge Fernando Castro ante John David Jackson en Monterrey, el 10 de diciembre de 1994. El árbitro advirtió que iba a detener la pelea y el boxeador, mirándolo a través de la sangre que desfiguraba su rostro, le dijo casi con un hilo de voz:

“Deme un round más, por favor, deme el round del campeón”.

Y, efectivamente, en ese noveno asalto, cinematográfico, espectacular y dramático, Castro, bañado en sangre y desfigurado, logró noquear a Jackson en una noche inolvidable para el boxeo argentino. De esta manera retuvo su campeonato mundial de peso mediano de la Asociación.

Recientemente se puso sobre el tapete la pregunta si tenía caso para el Puma Martínez, aguantar más castigo buscando o esperando una mano afortunada.

Ante Jesse “Bam” Rodríguez, tras recibir una tremenda izquierda a la cabeza, todo se terminó para el valeroso Puma, que ya venía muy lastimado con una hemorragia nasal muy grande desde la tercera vuelta.

Tirar la toalla es un acto de piedad y no tirarla es lo más similar a la crueldad.

Juan Carlos Lectoure le pidió por favor a Juan Domingo “Martillo” Roldán que aguantara ante Marvin Hagler, aunque el boxeador imploraba:

“No veo nada, don Tito, no veo nada”.

Hagler le había metido el dedo en un ojo y Roldán estaba quebrado anímicamente.

Finalmente, en aquel marzo de 1994, en Las Vegas, Roldán se dejó caer en el asalto número 10.

Lectoure había cometido el error de creer que Roldán podía reaccionar como Galíndez, que terminó ganando por nocaut en el último asalto a Richie Kates (1976) a pesar de la tremenda herida sufrida.

Los boxeadores son ante todo personas -aunque parezca una cándida obviedad puntualizarlo- que sufren, tienen malas noches, son superados por el rival y, a veces, aunque lo quieran negar, sienten que ya no tiene objeto seguir en la lucha.

Como si abandonar fuese una actitud imperdonable o indigna, Andrew Golota decidió irse del ring en el tercer asalto de su pelea frente a Mike Tyson en Michigan, el 20 de octubre del año 2000.

Mientras la gente lo insultaba y le tiraba objetos de toda índole, Golota, cabizbajo, partió rumbo a su vestuario tildado de cobarde por la gente y hasta por los periodistas.

Luego se comprobó que el polaco había sufrido una conmoción cerebral y tenía una fractura en el pómulo izquierdo, más una hernia de disco entre la cuarta y quinta vértebra, además de estar muy cortado.

Como una mueca del destino, esa noche tampoco ganó Tyson, porque se detectaron restos de marihuana en su sangre. La pelea quedó finalmente sin decisión.

Deontay Wilder se enojó mucho con su rincón, Mark Breland, porque este decidió el abandono frente a Tyson Fury en el séptimo asalto de la revancha que ambos sostuvieron en el año 2000.

Wilder -que había caído en los rounds tercero y quinto- jamás agradeció ese gesto piadoso de un rincón que, en realidad, lo salvó de un castigo mayor.

Los boxeadores, muchas veces por temor al juicio de la gente, se inmolan casi sin necesidad.

Nicolino Locche cuando peleó con Antonio Cervantes, “Kid Pambelé”, estaba totalmente cortado y lastimado, tan lento que recibía todos los golpes que le enviaba un rival entero.

Entonces Juan Carlos Lectoure y Osvaldo Cavillón, cuando terminó el round número nueve, lo atendieron, le limpiaron las heridas, le pusieron vaselina en el rostro, le dieron instrucciones, le ajustaron los guantes y cuando sonó la campana y Locche se dio vuelta para salir a combatir, le tiraron la toalla.

Aquel 17 de marzo del año 1973 el colombiano retuvo su campeonato mundial welter junior y comenzó el final del boxeador mendocino, en una pelea que se realizó en la plaza de toros César Girón de Venezuela.

Nicolino, en una crisis de nervios, no aceptó esa decisión.

Ángelo Dundee, maestro de técnicos, siempre fue piadoso con sus pupilos.

Así, decidió el abandono en París, 1974, cuando su asistido el gran José “Mantequilla” Nápoles, estaba recibiendo una tremenda paliza por parte de Carlos Monzón. Las heridas justificaron su “No va más” a la salida del séptimo round.

Lo mismo hizo Ángelo en octubre de 1980 en el Caesars de Las Vegas, cuando decidió que Muhammad Alí ya no podía seguir peleando frente al entonces campeón mundial Larry Holmes.

“Yo soy el jefe de esta esquina y acá se hace lo que yo digo. ¡Esta pelea no va más, se terminó!”, rugió Dundee.

Cuenta la leyenda que, en los vestuarios, cuando Holmes fue a saludarlo a Ali, éste le preguntó a su exsparring:

“¿Me quieres mucho, Larry?”.

“Por supuesto”, fue la respuesta del campeón mundial.

“Y entonces, ¿por qué me pegaste tanto?”, fue la irónica y dolida respuesta del gran Muhammad Ali.

Floyd Mayweather le estaba dando una tremenda paliza a Diego “Chico” Corrales el 20 de enero de 2001. De hecho, lo tuvo cinco veces por el suelo. Ya en el décimo asalto, la esquina decidió parar la desigual pelea.

¿Hacía falta esperar tanto tiempo para marcar el final?

Mayweather aseguró que había sido uno de sus rivales más difíciles hasta ese momento.

Solamente el técnico conoce de cerca lo que ha hecho y lo que no tiene su pupilo: si estuvo bien entrenado, si llegó bien el peso, si ha tenido un problema personal o si simplemente está en una mala noche. Por lo menos debería saberlo.

Es entonces cuando el técnico se erige prácticamente en el único responsable de la continuidad de un boxeador o no.

“Ante todo, yo pienso en el hombre”, dice Alberto Zacarías, que tomó la semejante decisión cuando su pupilo Jeremías Ponce estaba peleando con un tremendo pegador como Subriel Matías en el 2023.

“Jeremías no quería, pero yo le dije: acá el que manda soy yo y esto se terminó”, afirmó Zacarías.

Como suele decir muchas veces Sergio “Maravilla” Martínez, la clave del boxeo no es pegar más, como muchos piensan, sino recibir la menor cantidad de castigo.

Es entonces cuando -más allá de las cifras millonarias, más allá del honor o del sentido del espectáculo- un técnico tiene que tomar la decisión de que su hombre no reciba más castigo.

Dejamos para el final una anécdota protagonizada también por Ángelo Dundee en 1975, cuando se midieron por tercera y última vez Alí y Joe Frazier.

Estaba por comenzar el último round y Ali, extenuado, le dijo a su técnico:

“Ángelo, no puedo más… no puedo más”.

Dundee, mirando al rincón de Frazier, se dio cuenta de que su técnico estaba por hacerlo abandonar.

Entonces con la rapidez mental de quien sabe leer la pelea, miró a Alí y le dijo:

“Está bien, pero solamente te pido un favor: cuando suene la campana ponete de pie. Es lo único que te pido”.

Y así fue como, mientras “Smoking Joe”, impotente, asistía al abandono impuesto por su técnico que se había apiadado de él, Alí con solo ponerse de pie, terminó ganando una de las más tremendas batallas de los pesos pesados de toda la historia.

Tirar o no la toalla, he aquí el dilema.

Esta coyuntura tiene una sola respuesta: la de rescatar al hombre. No pedirle a quien está recibiendo los golpes, un esfuerzo que uno no estaría dispuesto a hacer.

El que recibe los golpes, el que se queda solo cuando suena la campana porque hasta el banquito le sacan, como diría Bonavena, es el boxeador.