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Competir en unos Panamericanos es grandioso, hacerlo con tu hermano es inolvidable

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Adriana Díaz deslumbra dentro y fuera de la cancha (1:42)

La tenimesista boricua destaca por su sencillez y espontaneidad, y hasta nos muestra su afición a la moda aún en medio de una competencia como los Juegos Panamericanos. (1:42)

LIMA, Perú -- La magia de unos Juegos Panamericanos hace que las competencias trasciendan lo meramente deportivo y se conviertan en un momento más que emotivo para los participantes. Poder ganar una medalla representando a tu país es lo máximo para cualquier atleta, pero ser parte de una delegación nacional a una competición regida por la carta olímpica, torna esa participación en una meta por la que cualquier deportista quiere luchar.

La experiencia de viajar a unos Juegos vistiendo los colores de tu país, vivir en la villa Olímpica, compartir tres semanas con atletas de todo el continente y tener la posibilidad de subir a un podio en tu disciplina, es algo inolvidable. Poder compartir todo eso junto a tu hermano o hermana debe ser mucho más que un sueño.

Es el caso que se ha dado en Lima 2019 con las hermanas boricuas Adriana y Melanie Díaz, las estadounidenses Amanda y Sabrina Sobhy, las chilenas Antonia y Melita Abraham, los venezolanos Rubén y Jesús Limardo o los dominicanos Luguelín y Juander Santos. Todos ellos no sólo han logrado disfrutar de unos extraordinarios juegos Panamericanos, e incluso de varias actuaciones de medalla, sino que lo han hecho compartiendo esos grandísimos retos con las personas que más quieren en el mundo: su familia.

“Ese momento, cuando ganamos y nos abrazamos es único. Hay muchos sentimientos ahí”, comentó Adriana Díaz segundos después de ganar el doble femenino de tenis de mesa haciendo pareja con su hermana Melanie.

Los lazos de sangre en este caso son tan fuertes que Adriana, de 18 años y número 30 del mundo en tenis de mesa, y que venía de arrasar en los Juegos Centroamericanos y del Caribe en Barranquilla en 2018 donde ganó oros en individual, dobles, dobles mixtos y por equipos, se emocionó casi más al ver a su hermana (23 años) meterse en las semifinales de la competencia individual, que cuando ella misma se colgó el oro.

“La estaba viendo y estaba temblando. Yo sé por lo que Melanie ha pasado y lo mucho que se sacrifica. Por eso estoy tan contenta por ella. Melanie es la persona más fuerte que conozco”, dijo la pequeña de las Díaz.

Tan especial es competir entre hermanos en unos Juegos como estos, que durante las fases finales del tenis de mesa en Perú, nadie estaba más contento que el padre de las niñas, Vladimir Díaz, quien a la vez es el entrenador de las tenimesistas.

“Es un día histórico para nosotros. La verdad, no tengo palabras para describirlo. Todas las lágrimas que hemos derramado, todos los sacrificios, han tenido hoy su recompensa”, recordó el papá completamente extático.

Aunque las hermanas boricuas no se pudieron ver las caras en la final, Adriana batió a la estadounidense Yu Wue en la final por 4-0, con lo que consiguió el oro y Melanie se quedó con el bronce.

Quienes sí se encontraron en la final de su disciplina, la esgrima, fueron los hermanos Limardo.

Rubén, de 34 años, medallista de oro de la especialidad en Londres 2012, venció a su hermano Jesús, 23 años y disputando sus primeros Panamericanos, en la final de espada individual, con un marcador final de 15-4. Los hermanos Limardo son tres esgrimistas en total, pero Francisco —el mediano, de 32 años— perdió su oportunidad de ocupar uno de los dos cupos que tenía Venezuela, justamente contra su hermano Jesús.

Para Rubén se trataba del tercer oro en espada individual en unos Panamericanos, pero su victoria en Lima 2019 no se limita a las preseas que se lleva a casa (junto a Jesús también ganó el bronce en la competencia de espada por equipos), sino también a la ayuda que ha brindado a su hermano. Al final de cuentas es el hermano mayor, tiene 11 años más que Jesús, mucha más veteranía y experiencia, y eso pesa. Cualquier compañero de equipo ayudaría, pero Rubén, como el primogénito de la familia, puede decirle las cosas a su hermanito de una forma mucho más directa.

“Hace cinco meses tuvimos una conversación bien fuerte y básicamente le dije que si quería ser un verdadero campeón tenía que seguir varias directrices. Mi hermano Jesús ha crecido muchísimo como atleta y como persona últimamente, y aquí está demostrando su calidad. Esta es su segunda final consecutiva y gracias a él hemos podido hacer historia juntos en unos Juegos Panamericanos”, dijo Rubén tras convertirse con Jesús en los primeros hermanos que se enfrentan en una final de esgrima en esta competición.

“Enfrentarme a Rubén es importante para mí, porque es uno de los mejores esgrimistas del mundo, y además es mi hermano. Claro que quería ganar la medalla de oro, pero al final se la llevó mi hermano y se vuelve con nosotros para Venezuela, por lo que estoy feliz”, explicó el más joven de los Limardo. “Después del combate él siempre me da consejos, de lo que no debí hacer, de donde podía haber atacado, etc. Yo le presto atención para no cometer los errores más adelante. Aprendo mucho de él”.

Para los Limardo el amor por la esgrima les viene de familia. Son entrenados por su tío Ruperto Gascón y un primo, y sus padres fueron ambos dirigentes de la federación venezolana de esgrima durante mucho tiempo. Precisamente su mamá, Noris Gascón, fue una de las grandes propulsoras de sus carreras, así como de muchas otras en Venezuela desde su trabajo en la federación. Gaby, como era conocida, murió hace ya casi dos décadas, pero sigue estando muy vigente en las vidas de sus hijos.

“Todos los combates que ganó van dedicados a mi mamá”, declaró emocionado Rubén. “Me da una gran satisfacción saber que ella estaría feliz de ver el buen trabajo que hizo con sus hijos, que continúan trabajando, humildemente, y esforzándose cada día más”.

Orgullosos también deben estar los padres de las chilenas Antonia y Melita Abraham, que ganaron el oro en los 2000m a dos remos largos femeninos. Las chicas con marca de 7:31:41. Su oro fue importantísimo para la delegación chilena, pues significaba el sexto en estos Juegos Panamericanos, con lo que se superaba la cosecha de preseas doradas de 2105 en Toronto.

Las jóvenes, mellizas nacidas en 1997, habían conseguido la plata en la misma categoría en la última cita panamericana, cuando apenas tenían 18 añitos. Cuatro años después su progresión ha sido genial, y han podido llevarse un oro que emocionó a todo un país.

Otra pareja de hermanas que lloraron de alegría en los Panamericanos fue la de las hermanas Sobhy, dos de las mejores competidoras de squash del momento. Amanda y su hermanita Sabrina representaron a Estados Unidos, siendo la mayor de nuevo coronada como reina de la disciplina.

La exestudiante de Harvard, de 26 años, llegaba a Lima 2019 tras ganar los tres oros femeninos en Toronto hace cuatro años. Esta vez estaba en Perú con su hermana pequeña, su compañera en el dobles y en la competencia por equipo , lo que dijo que le ayudó muchísimo a relajarse.

“Tenía mucha presión por repetir los tres oros, sobre todo el individual, porque me enfrentaba a algunas de las mejores competidoras”, comentó Amanda tras una larga semana donde acabó llevándose las tres preseas doradas femeninas en squash. “Pero lo pude disfrutar mucho con mi hermana. Fue algo muy especial para la familia Sobhy que pudiéramos ganar esas dos medallas juntas”.

Amanda y Sabrina tuvieron la suerte con la que no contaron los hermanos Santos, pero en ambos casos, tuvieron a sus hermanos y hermanas cerca —ya fuera para celebrar o para consolarse—.

Las familias no están solamente para disfrutar de los buenos momentos. En los más bajos también necesitas a tus seres queridos a tu alrededor, porque son ellos los que mejor te conocen, los que te comprenden, los que saben como tratarte cuando la frustración llega al máximo.

A los hermanos Lugelín y Juander Santos, velocistas dominicanos, ese apoyo incondicional de un hermano les habrá venido de perlas en su participación en estos Juegos. Ambos perdieron su oportunidad de medalla en los 400 metros lisos y los 400 vallas, respectivamente, dejando los Juegos Panamericanos con una tremenda desilusión.

“He venido a gozarme estos Juegos”, comentó en la previa un Lugelín Santos que llegaba sin mucho ritmo a Lima después de haber tenido muy poco tiempo de entrenamiento antes de los Juegos. El dominicano por lo tanto no tenía la expectativa de repetir el oro que se llevó en Toronto 2015, pero sí de seguir con su preparación y compartir la experiencia con su hermano menor.

El velocista entrenado por el mítico Félix Sánchez desde principios de año, quería usar los Panamericanos como impulso y preparación para lo que queda de temporada, por lo que pronto vio que su participación en esta ocasión no sería la mejor.

Entró en la final de los 400 metros por el tiempo conseguido en la pista, pero en la final quedó séptimo y dejó el tartán muy contrariado.

A su hermano pequeño Juander, las cosas no le fueron mucho mejor en la VIlla Deportiva Nacional de Lima. Aunque llegó a la final de los 400 vallas con la mejor marca, ese último episodio se tornó trágico cuando tropezó en la última valla y se quedó tirado en la pista llorando de la frustración de ver cómo pasó de pelear el oro con el eventual ganador, el brasileño Alison Alves Dos Santos, a acabar último y renqueante tras fallar en la último salto.

Sin duda que poder apoyarse en su hermano mayor tras ese mal trago debió ser muy reconfortante para el corredor dominicano, además de ser el primer paso para los dos hermanos Santos en el proceso de levantarse después de estos Juegos y empezar a preparar el asalto al Mundial de Atletismo de Catar.

Y es que participar en unos Panamericanos representando a tu país siempre es una gran experiencia, pero hacerlo además pudiendo recibir los consejos de tu hermano tras perder una final contra él, o viendo a tu hermana mayor y campeonísima de tu disciplina emocionada por que llegaste a unas semifinales; incluso poder abrazar a tu hermano en los vestuarios y llorar juntos si hace falta tras sufrir lo indecible en vuestras respectivas finales, es algo para lo que realmente se acaban los calificativos.