Rafaela Silva, un ejemplo de superación

En la historia de Rafaela Silva, entre el sufrimiento y la gloria hay apenas seis kilómetros. Esa es la distancia que separa la Ciudad de Dios, la favela más famosa de Brasil y una de las más pobres, donde nació y creció, de la Arena Carioca 2, el escenario en el que se convirtió en la única judoca brasileña ganadora de un oro olímpico, en los Juegos de Río 2016. Apenas seis kilómetros, pero de un recorrido que nunca fue fácil y en el que debió esforzarse y superarse día tras día para derrotar primero a la marginalidad y la pobreza y más tarde al racismo que tuvo que enfrentar incluso cuando ya era subcampeona mundial y campeona panamericana en la categoría hasta 57 kilos.

El Instituto Reacción, una organización sin fines de lucro que trabajaba en Ciudad de Dios con actividades para los chicos de la favela, fue el lugar donde Rafaela empezó a practicar judo. Tenía ocho años y fue una idea de su padre, Luiz Carlos, para que dejara de golpearse con otros chicos en la calle. “Pelearme era mi juego”, admitiría al recordar aquella infancia acostumbrada al ruido de las balas perdidas que, según contaba ella “se escuchaban todo el tiempo”.

No tenía kimono y usaba uno que le prestó un profesor. Le colgaban las mangas más largas que ella y arrastraba los pantalones por el tatami. Era un diamante en bruto que en el instituto pulieron hasta convertirla en una campeona. “Aprendí a tener disciplina, a respetar a los demás y a tomarme el deporte en serio”, cuenta Rafaela.

A los 16 años fue campeona mundial junior y en 2012, con 20, se clasificó para los Juegos Olímpicos de Londres. No era una competidora más: venía de ganar el Panamericano de Montreal y el año anterior había obtenido medallas de plata en el Mundial de París y en los Panamericanos de Guadalajara. Pero no le fue bien ya que la descalificaron en su segundo combate por hacer una palanca antirreglamentaria a la pierna contra la húngara Hedvig Karakas.

El golpe más duro vendría inmediatamente después. “Los macacos tienen que estar en la jaula”, publicó alguien en Twitter, burlándose de su llanto desconsolado tras la derrota. Otro dijo que era “la vergüenza de su familia”. En poco tiempo las redes sociales se llenaron de comentarios hirientes y racistas que generaron una polémica en Brasil y, en Rafaela, la idea de abandonar todo.

Sumida en una profunda depresión, casi no salía de su casa. Justamente apoyada por su familia empezó un tratamiento psicológico y luego de algunos meses volvió a competir. Y llegaron las revanchas. Primero un nuevo título panamericano y pocos meses más tarde la medalla de oro en el Mundial de 2013. Y después de tres años con algunos altibajos en los que cayó hasta el quinto puesto del ranking, el momento de gloria en el Arena Carioca 2 con el oro olímpico que tuvo un plus especial en cuartos de final, cuando enfrentó y derrotó a la húngara Karakas.

En 2012 había sufrido y llorado tras la eliminación. Ahora, después de alcanzar el escalón más alto del podio, se plantó con orgullo y dijo: “Nací en un lugar que no me permitía pensar en muchos objetivos en la vida. Pero demostré que una niña de Ciudad de Dios puede llegar a ser campeona mundial y olímpica”.

Hoy aprovecha también el lugar que le dan sus logros deportivos para ser una voz contra el racismo y los prejuicios en su país. Aquella nena cuya única ilusión en la vida era “tener ropa limpia” ahora es una mujer que en cada cosa que hace tiene orgullosamente presente el barrio de donde salió y, tanto como eso, los lugares adonde llegó.